Siempre fui de las que dije que “jamás” iría a las Fallas de Valencia. Nunca ha sido una festividad que me atrajera, a pesar que no la conocía, pero por el motivo que fuera siempre he declinado la invitación que mis parientes valencianos me han hecho durante años. Ahora otros motivos me han llevado hasta allí en las vísperas de estas fiestas y tengo que reconocer que, aún habiéndome quedado en los umbrales de la fiesta gorda, me he quedado totalmente enganchada.
No sé si se ha debido a mi propia predisposición o quizá al tiempo que me ha acompañado durante estos días y que ha inundado Valencia con una luz especial (para mí muy parecida a la luz que emana Cádiz), el caso es que me he contagiado de la alegría de la fiesta, del paseo por las fallas aún sin terminar, el temblor bajo mis pies del suelo de la Plaza del Ayuntamiento durante los casi 5 minutos que dura la Mascletá, pero sobre todo, sobre todo, de la emoción de la gente al concluir ese ritmo frenético de petardos, que con gran potencia sonora, componen un ritmo ensordecedor que te llega hasta las mismísimas entrañas.
Pero me ha quedado aún mucho por conocer y estoy segura de que el año que viene, si puedo, volveré, todavía con más ganas de las que me he ido.
Un olé por Valencia!!!
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